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Un comentario sobre Dostoievski

 

La leyenda de El gran inquisidor

Por Marisa Mosto  

         

                                                                 “ En cuanto a mí, no he hecho

                                                                en mi vida más que impulsar 

                                                          al extremo lo que ustedes se atrevían     

                                                                         impulsar a medias

                                                                                                                                                                                                                                                                             

                                                                                                                                                              F.M.Dostoievski  

                                                                                                                                                     

                                                                                                    

        La leyenda de  El gran inquisidor pertenece  a la última novela del escritor ruso, Fiodor  Mijailovich  Dostoievski  (1821-1881), Los hermanos Karamazov, finalizada un año antes de su muerte. En ella se relata  la historia patética y turbulenta de una familia, integrada por el padre, Fiodor Pávlovich, y cuatro hermanos, Dmitri, Ivan, Alíoscha y el “bastardo” Smerdiákov, hijos ellos, de tres mujeres distintas.

        La leyenda está ubicada casi en el centro de la novela: en el libro V de los XII que la componen. Este situs  estructural  no es casual:  para Dostoievski los libros V y VI  representan la culminación de la obra[1]; podríamos decir también, su centro de gravedad especulativo. De hecho la mayor parte de estos dos libros, introduce una suspensión en los acontecimientos del  relato,  un gran paréntesis en la acción, que saca al lector de la trama y lo lleva a un punto de perspectiva panorámico, para enfrentarlo con  el telón de fondo delante del cual se mueven no sólo los personajes del relato,  sino la existencia humana en general, incluida la del lector. 

         El horror y la belleza, el mal y el bien, la perversión y la inocencia, la mediocridad y la excelencia, la  miseria y la grandeza, la libertad y la sumisión pusilánime o el dominio explotador,  la vulnerabilidad y la dureza de corazón,  el desprecio y la admiración hasta las lágrimas, el amor, el sufrimiento, la culpa, la fraternidad y la enemistad, la esperanza y la desesperación, desfilan frente a los ojos desorbitados del lector que constata que todo eso ocurre a la vez y sin excluirse  mutuamente, en el corazón del hombre  y en la realidad de las cosas.

 

La avalancha de zarandeos especulativos se precipita en tres etapas, tituladas: 

  Rebeldía,  El gran inquisidor  y El monje ruso.

 

 

 

 

Rebeldía 

                                                                                                     “Todas estas cuestiones rebasan la razón humana,  

                                                                                 que sólo ha sido creada con la noción de las tres dimensiones”

Ivan Karamazov

 

Ivan y Alíoscha se encuentran conversando en una taberna que los reunió casi por casualidad. Ivan es una persona culta,  mundana,  finamente reflexiva, racionalmente exigente y un tanto cínica; Alíoscha, por su parte, es un novicio cándido, sensible y bondadoso, que lleva ya  un año viviendo en el monasterio y viste el sayal de los novicios ortodoxos.

Ivan se encuentra  hace tres meses de regreso en el pueblo, luego de una larga ausencia. Sin embargo su partida es inminente, al día siguiente se irá y antes de irse  quiere abrir su corazón, por primera vez, a su piadoso hermano Alíoscha. En su calidad de hermano mayor, tiene la intención de presentarle sus personales  objeciones a la obra del Dios a quien Alíoscha se  dispone a ofrecer su vida y  para lo cual está siendo formado por el  stárets Zósima: “Yo te tengo cariño, no quiero soltarte y no cederé el puesto a tu Zósima.” [2]

En esta parte del relato el  principal argumento contra la obra creadora de Dios es el sufrimiento de los inocentes infringido por la crueldad de los poderosos. Se limita a un solo caso, a un único caso: los adultos que torturan a niños pequeños. Ivan ha recogido en los periódicos numerosa información sobre sucesos de niños martirizados y relata algunos de ellos a Alíoscha,  sin omitir detalles ni consideraciones acerca de las circunstancias y  angustias interiores de esas almitas. El lector llega hasta el límite de su  resistencia emocional.  “- Te estoy haciendo sufrir Alíoscha. Lo dejaré si quieres . –No, yo también quiero sufrir- balbuceó Alíoscha”[3] . Esta expresión   revela  muy bien el alma de Alíoscha: su talante natural no le permite ser indiferente al sufrimiento de  sus hermanos,  lo empuja a compartirlo, a formar parte de su destino.

“¿Comprendes tú eso (pregunta Ivan), de que una criatura así, que todavía no sabe lo que le hacen, se golpee a sí misma, encerrada en un lugar indecente, en la oscuridad y muertecita de frío, con sus puñitos el desgarrado pecho y llore con lágrimas de sangre, inocentes, mansas, implorando a Dios para que acuda a su auxilio...; comprendes tú este absurdo, amigo y hermano mío, novicio mío de Dios y humilde; para qué hace falta ese absurdo y para qué se le crea? Sin eso –dicen- no podría vivir el hombre en la Tierra, pues no sabría distinguir entre el bien y el mal ¿Para qué distinguir entre esos endiablados bien y mal cuando tanto cuesta?”[4]

El riesgo que ha  corrido Dios al haber creado libres a los hombres es muy alto. La libertad ha propagado el mal como una plaga que corroe el sentido de la existencia.

        El último caso que relata es el de un niño  de ocho años a quien su <<amo>>, frente a la mirada impotente de su madre, hizo desnudar y dar por alimento a una jauría hambrienta,  como castigo por haberle arrojado una piedra y con ello dejado cojo a su perro favorito. Ivan se pregunta cómo podría compensarse tanto tormento y qué sentido tiene en el orden creado, la existencia de ese sufrimiento. Más aún: rechaza de plano cualquier  respuesta que justifique esa aberración, alguna  <<armonía futura>> en la que  se revelara su sentido,  o que fuera pagada con el precio de semejante dolor. Nada, en el cielo ni en la tierra, en el tiempo o la eternidad puede tornar positiva la vejación de los pequeños inocentes. No existe ningún misterio que, al revelarse pueda hacernos comprender con alegría  la necesidad de ese sufrimiento.

“¡Oh, Alíoscha, no quiero blasfemar! Comprendo cuál debe ser la conmoción del Universo cuando todo en el cielo y debajo de la tierra se funda en un mismo grito de júbilo y todo lo que vive o vivirá exclame: <<¡Razón tienes Señor, porque descubristes tus caminos!>> Cuando aquella madre se abrace con el sayón que hizo devorar a su hijo y los tres proclamen con lágrimas: <<¡Razón tienes Señor!>>, entonces, sin duda, logrará su corona el conocimiento y todo quedará explicado. Pero eso es lo malo, que no puedo admitir tal cosa (...) no quiero lanzar entonces esa exclamación (...) rechazaré de plano esa suprema armonía (...) No quiero esa armonía; por amor a la Humanidad, no la quiero.  (...) Además, que demasiado cara han tasado esa armonía: no tenemos dinero bastante en el bolsillo para pagar la entrada. Así que me apresuro a devolver mi billete (...) No es que no acepte a Dios, Alíoscha; pero le devuelvo con el mayor respeto mi billete.”[5]   

        Hacia el final de esta parte de la novela, Rebeldía,   Alíoscha  presenta a Ivan,  como argumento a favor de la obra creadora de Dios, la figura de Cristo: “-El mismo derramó su sangre inocente por todos y por todo. Te olvidas de Aquel; pero en El se funda el edificio, y a El le clamarán: <<¡Tienes razón, Señor, pues nos descubriste tus caminos!>>

 – ¡Ah, el único impecable y su sangre! No, no me olvidé de El  (respondió Ivan), sino que, por el contrario, todo este tiempo me chocó que tardases tanto en sacarlo a relucir. (...) Mira Alíoscha: no te rías; yo escribí una vez un poema, hace un año. Si quieres perder conmigo otros diez minutos te lo referiré.”[6]

Es en este lugar donde  se introduce la Leyenda de El gran inquisidor: la objeción de Ivan no sólo a la creación del Padre sino también al Redentor del hombre.

 

El gran inquisidor

 

“No tenemos demasiado dinero en el bolsillo

para pagar el billete”

Ivan Karamazov

        Es asombroso constatar las enormes diferencias de opinión que giran alrededor de esta leyenda. Para Romano Guardini por ejemplo, la leyenda sólo se explica a partir del personaje que la relata: debe ser entendida como  una autorrevelación de la personalidad de  Ivan, de su concepción deformada de Cristo y  el cristianismo y  de su ambivalente relación con Dios.[7] Nicolás Berdiaev, por el  contrario, sostiene en sentido positivo, que las ideas religiosas de Dostoievski hay que buscarlas en la leyenda y le resulta inexplicable que  haya puesto su defensa de Cristo en los labios de un personaje como Ivan Karamazov.[8]  Dos grandes pensadores, dos perspectivas diametralmente opuestas.  La perplejidad es una constante de quien lee distintos comentarios a las obras de  Dostoievski. Se impone entonces la necesidad de una lectura extremadamente atenta para percibir los matices que dieron lugar a interpretaciones tan contradictorias.

 

¿Cuál es el contenido de la leyenda?

Ivan ha  ideado un poema  que se sitúa en “Sevilla, en la época más horrible de la Inquisición, cuando, para honra de Dios, en aquella tierra ardían diariamente las hogueras”[9].

“Y he aquí que El se dignó descender por un momento hasta el pueblo..., hasta el pueblo que padece, y sufre, y peca desaforadamente, y de un modo infantil lo ama.”[10]

“Por  su infinita misericordia volvió a aparecerse entre los hombres en la misma forma humana en que anduviera por espacio de tres años entre ellos, quince siglos antes. Desciende sobre el ardiente suelo de la meridional ciudad, en la que, como con  toda intención, la víspera misma, en magnífico auto de fe, en presencia del rey de la Corte, caballeros, cardenales y las más altas encantadoras damas de la Corte, ante el populoso gentío de toda Sevilla, habían sido quemados por el cardenal inquisidor mayor, de una vez, cerca de cien herejes, <<ad majorem gloriam Dei>>. Presentóse allí, suavemente inadvertido, y he aquí que todos, cosa rara, lo reconocieron. Sería este uno de los mejores pasos del poema..., es decir, el explicar por qué precisamente lo reconocieron. El pueblo, con fuerza irresistible, corre hacia Él, lo rodea, se apiña en torno suyo, lo va siguiendo. En silencio pasa El por entre ellos con una mansa sonrisa de dolor infinito. Un sol de amor arde en su corazón, raudales de luz claridad y fuerza fluyen de sus ojos, y,  vertiéndose sobre la multitud, conmueven sus corazones con amorosas réplicas.”[11]

Jesús bendice a la muchedumbre y cura a los enfermos que se le acercan. “La gente llora y besa la tierra que El pisa” [12]. Se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla, al paso de un cortejo funerario. Llevaban el féretro blanco de una niñita de siete años. “<<El resucitará a tu hija>>, grítanle en el gentío a la llorosa madre”[13]. La madre ruega al Señor por la vida de su hija. “Mira El, apiadado, y su boca, una vez más, profiere el <<thalita kumi>>...  (levántate muchacha).”[14]  La niña vuelve a la vida en medio de una gran emoción, sonrisas, llantos, gritos.

        En ese mismo momento llega a la catedral el cardenal, inquisidor mayor, “un anciano de cerca de noventa años, alto y tieso, de cara chupada, de ojos hundidos, pero en los que todavía chispea, como una ascuita, brillo.”[15]  Vestido con su hábito monacal y no con las magnificas ropas con las que había asistido el día anterior, a la quema de los “enemigos de la romana fe”[16].  Acompañado por su gran séquito incluida la santa guardia. Todo lo ha visto. “Frunce sus espesas cejas blancas, y su mirada brilla con maligno fuego. Alarga el dedo y ordena a la guardia que lo prenda. Y he aquí que, tal es su fuerza y hasta tal punto esta hecha a obedecerle, temblando  la gente, que en el acto dispérsase la multitud ante la guardia, la cual, en medio de un mortal silencio, sobrevino de pronto, pone sobre El sus manos y se lo lleva.”[17]

        Jesús es vuelto a encarcelar. Esta vez por la Iglesia Romana.  La imagen es durísima. ¿Pero que ha sido en su momento la Inquisición sino una gran traición a Cristo?

        Jesús es llevado a un pequeño  y oscuro calabozo del edificio del Santo Tribunal. “Expira el día, llega la cálida, ardiente e irrespirable noche sevillana. El aire huele a laurel y azahar. En medio de la profunda tiniebla ábrese de pronto la férrea puerta del calabozo, y el mismo anciano inquisidor mayor, con un farolillo en la mano, penetra en ella lentamente. Viene solo; la puerta ciérrase en el acto detrás de él. Detíenese en el umbral, y largo rato, uno o dos minutos, se está contemplando su rostro. Finalmente acércase despacio, deja el farolillo encima de la mesa y le habla: <<¿Eres Tú? ¿Tú?>> Pero, no obteniendo respuesta, apresúrase a añadir: <<No contestes, calla. Además, ¿qué podrías decir? De sobra sé lo que dirás. Y tampoco tienes derecho a añadir nada a lo que ya dijiste>>.”[18]

        Sigue a continuación un largo monólogo en el que el inquisidor despliega su incansable  lista de demandas a Cristo:

Jesús no tiene derecho a opinar ya más porque  antes de su partida  había puesto todo en manos de Pedro. Es la Iglesia ahora la que ata y desata.  La iglesia se ha hecho cargo de la espiritualidad de los hombres, de la vida de los hombres. Y los hombres han dado grandes muestras de rebeldía.   Cristo sobrestimó la capacidades humanas. Había anhelado  que el ser humano libremente le entregara su corazón,  pero la libertad  acarreó tormentos infinitos. Ahora es la Iglesia, la que tiene que corregir su obra y  hacerse cargo de la historia de la humanidad.

El gran inquisidor introduce el tema de la debilidad del hombre frente a las pretensiones de Cristo de la siguiente manera:   el ser humano podría  conquistar la libertad que le permite la entrega de su corazón a Dios,   sólo si fuera capaz de  resistir a las mismas tentaciones que Jesús resistió en el desierto, luego de su bautismo en el Jordán.  Pero la humanidad  demostró  hartamente a lo largo de la historia, su incapacidad para superar esas tres tentaciones[19]:

 Porque en esas tres preguntas aparece comprendida en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las indisolubles antítesis históricas de la humana naturaleza en toda la tierra. Entonces esto no podía ser tan evidente porque lo porvenir era desconocido; pero ahora quince siglos han pasado, vemos que en estas tres cuestiones está todo hasta tal punto intuido y predicho y hasta tal extremo ha resultado justificado, que añadirle ni  quitarle nada es imposible. Decide Tú mismo quien tenía razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba?”[20]

 

Aquí esta contenida, según B. Zenkovski[21], la filosofía de la historia de Dostoievski. Si Cristo fue capaz de vencer las tentaciones del desierto por amor y fidelidad  a la obra del Padre, el hombre en general, el ser humano común, el hombre medio, en cambio, ha sucumbido a cada una de ellas, tornando prácticamente  imposible, salvo magníficas excepciones, el cumplimiento del deseo del Padre del amor  libre, la libre entrega  del hombre, al amor libre, a la libre entrega de Dios. El ser humano ha sido incapaz de entrar en la dinámica  fecunda de la Vida verdadera.  La destrucción y la esterilidad que se  expande sobre la tierra y se multiplica de generación en generación se explica por la  ineptitud del hombre para vencer la tentación del pan, del milagro y del poder.

I

 El gran inquisidor sigue  el orden de las tentaciones presente en  el Evangelio de San  Mateo[22]:

Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo y, ayunando cuarenta días y cuarenta noches, finalmente sintió hambre. Y, acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se transformen en panes. Pero (él) respondiendo dijo: Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra emitida por boca de Dios. (Dt. 8,3)  Mt. 4,1-4

El hambre da pie a la primera tentación. El hambre  simboliza en la leyenda, el estado de penuria del hombre, su necesidad de bienes impostergables  para sobrevivir en la Tierra, pero también su estado de vulnerabilidad e inseguridad ontológica.[23] El gran inquisidor interpreta la resistencia de Jesús  a convertir las piedras en pan, como resistencia a poner en obra un milagro que atraería a los hombre hacia Él, no por amor libre, sino  por  interés.   Si Cristo llevara a cabo el milagro se presentaría como  remedio evidente e indiscutible de la indigencia terrenal y   constreñiría a los hombres  a adorarlo. Cristo, al contrario, quiere que lo sigan por  su promesa del pan del Cielo al cual se accede sólo por la libertad de los hijos de Dios.

Jesús  apostó por una respuesta libre, sin mediaciones. Pero se equivocó: aquí yace el primer reproche. Pues el ser humano prefiere en general, perder su libertad y ganar el pan: “<<Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer>>”[24]. Vendieron su libertad por el pan y la seguridad en  la tierra. Sólo unos pocos elegidos son capaces de comprender la diferencia y aceptar con confianza el  precio de la libertad.

Si Jesús le hubiera dado el pan, no sólo hubiera conseguido su incondicionalidad sino también su adoración. Porque el hombre necesita el pan y   adorar la mano que se lo da. Necesita  adorar algo o alguien a quien sea indiscutiblemente necesario adorar, cuya adoración no esté sujeta a la incertidumbre de la conciencia y  a los vaivenes de la libertad. “No hay desvelo más continuo y doloroso para el hombre que, luego que deja la libertad, buscar a toda prisa a quien adorar. Pero busca el hombre inclinarse ante aquello que es indiscutible, que todo el mundo de golpe  ha convenido en la general adoración de ello.”[25]

La  exigencia de que el objeto de adoración sea incuestionable por parte del corazón humano, lo arrastró  históricamente a  una feroz intolerancia: “Por esa general adoración se exterminaron unos a otros con la espada. Crearon dioses y se desafiaron entre sí: <<Dejad vuestros dioses y venid a adorar los nuestros; de lo contrario moriréis igual que vuestros dioses.>> Y así será hasta el fin del mundo, hasta cuando desaparezcan del mundo los dioses”  (...) “Tú los sabías. Tú no podías ignorar este fundamental misterio de la naturaleza humana; pero Tú rechazaste la única bandera absoluta que te propusieron para obligar a todos a posternarse ante Ti sin discusión..., la bandera del pan de la Tierra, y la rechazaste en nombre de la libertad y del pan de los Cielos.” (...) “Te digo que no hay para el hombre preocupación más grande como la de encontrar cuanto antes a quién entregar ese don de la libertad con que nace esta desgraciada criatura.” [26]

La idea propuesta entonces es la siguiente: el hombre cede gustosamente su libertad, si esa entrega le reporta una seguridad vital. Dicho de otra manera: el ser humano necesita vivir con seguridad más que a la libertad.  Y la seguridad  proviene del pan terrenal y del marco de adoración que  delimita  todos sus movimientos vitales. Jesús podría haber satisfecho esas demandas del corazón humano evitando la destrucción que se ciñó sobre la historia.

        Cuando Erich Fromm[27],  casi  ochenta años después, en la década de 1940, intentó comprender los motivos antropológicos que hicieron posibles,  tanto la sumisión de los hombres que llevaron a cabo la atrocidad de la guerra con sus campos de exterminio, como los fenómenos de masificación de las sociedades democráticas, llegó a una  conclusión similar, ambos acontecimientos responderían a la misma raíz:  el hombre está ansioso por entregar su libertad. Busca someterse a una Autoridad general,  a un sistema  de poder que realice un dominio claro sobre el ritmo de su vida, a cambio de la seguridad que el sentimiento de pertenencia le otorga.  La violencia sobre lo individual  puede ser más o menos estridente, más o menos anónima,  pero se perpetúa al parecer, con la complicidad  de aquellos a los que somete.

Pero, ¿no era acaso la conquista de la libertad el anhelo y  motor oculto de la modernidad, época desde la cual tanto Dostoievski como Fromm interpretan la historia?  La tendencia  interior del hombre no es, como la modernidad supuso, simple, clara y definida, es, al contrario,  bien ambivalente:  “No hay nada más seductor para el hombre que la libertad de su conciencia; pero tampoco nada más doloroso.”[28]

        Lo doloroso se juega en la radicalidad que le exige al hombre su conciencia.  El ser humano quisiera tener la certeza absoluta para una entrega radical, libre, amorosa a Dios o a la Verdad y no la tiene. ¿De qué otro modo podría relativizar  la seguridad terrenal que es la única salvación a sus ojos, de la única vida  que le es conocida? Sin embargo tampoco alcanza a conseguir la tranquilidad  en la seguridad terrenal –si la hubiera- pues una voz interior constantemente lo empuja a caminar hacia las alturas, pero  delante de sus pies se abre un oscuro abismo: hace falta una gran fe para caminar sobre sus aguas. Cristo hizo muy mal en juzgar al hombre capaz de esa gran fe. “Y he aquí que en vez de firmes cimientos para la tranquilidad de la conciencia humana, de una vez para siempre,  fuiste y cogiste todo cuanto hay de inusitado, enigmático e indefinido; cogiste todo cuanto no estaba  al alcance de los hombres, portándote así como si no  amases a los hombres”. (...) “porque sería imposible sumirlos en un estado de agitación y tormento mayores que aquel en que Tú los sumiste al dejarles tantas preocupaciones y enigmas insolubles. De esta suerte Tú mismo pusiste los cimientos para la destrucción de tu propio imperio y no culpes más a nadie de ello.”[29]

        Jesús podría haberse adueñado de los hombre si  hubiera presentado su persona a través del milagro, el misterio y la autoridad, dándoles la seguridad que necesitaban. Pero rechazó una por una esas tentaciones  siendo fiel al dinamismo vital de la libertad. 

II

Luego lo lleva el diablo a la Ciudad Santa y lo puso en el alero del Templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo: pues está escrito: Mandará sus ángeles junto a ti y en volandas te llevarán, para que no tropiece en piedra tu pie (Sal. 91, 11-12). Le repuso Jesús también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. (Dt. 6,16). Mt. 4, 5-7

         Según relata el Evangelio, Jesús habría de sufrir  varias  tentaciones como esta  a lo largo  de su vida,  para alejarlo de su fidelidad al plan del Padre. Más adelante  en el Evangelio de San Mateo por ejemplo,   cuando se narra  el arresto de Jesús en  Getsemaní,  aparece la misma imagen.  Jesús rechaza su defensa  a mano de espada por parte de uno de los que estaban con Él, y le dice:  “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? ” Mt 26,53. Pero  Jesús debe resistirse  a ese ruego. Y  luego y principalmente  en la cruz, tiene que soportar los gritos de la gente diciéndole: “<<Tu que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!>>.”  Mt 27, 39-40. El escándalo de la cruz, de un Dios que se hace libremente impotente frente al poder del hombre, aparece anticipado en las tentaciones del desierto.

 Jesús no está dispuesto a tentar al amor del Padre con sus ruegos. Su obediencia al Padre implica prescindir  del <<milagro>> que pudiera evitar el cumplimiento de la misión que se le ha encomendado. Pero ha sobrestimado al hombre al creer que el ser humano sería capaz de soportar con la sola y oscura fe, sin reclamar a Dios el <<milagro>>: “¿Es que la naturaleza del hombre es de tal índole para rechazar  el milagro y que en momentos tan terribles de la vida, momentos de las más pavorosas, fundamentales y torturantes cuestiones espirituales haya de quedar abandonado a la libre resolución de su corazón?[30]  (..). “porque el hombre no busca tanto a Dios como al milagro. Y, no siendo el hombre capaz de quedarse sin milagro, fue y se fraguó el mismo nuevos milagros y se inclinó ante los prodigios de un mago o los ensalmos de una bruja, no obstante ser cien veces rebelde, herético y ateo. Tú no bajaste de la cruz cuando te gritaron: <<¡Baja de la cruz y creeremos que eres Tú1>> Tú no descendiste, tampoco,   porque también entonces rehusaste subyugar al hombre por el milagro y estabas ansioso de fe libre. (...) Pero también ahí juzgaste demasiado altamente a los hombres.”[31]

        Los hombres no pierden nunca la esperanza en soluciones mágicas que lo liberen del mal: la revolución, la evolución, la técnica, la dominación, el dinero, la medicina, la adivinación. Multitud de ilusiones, sociales o individuales, han sido las depositarias de una fe compensatoria de ese Jesús que no bajó triunfante de la cruz. Que no quiso ser la garantía  segura para la entrega del hombre. El ser humano, salvo contados elegidos, no soporta la vulnerabilidad a la que se haya expuesto. ¿Y en qué son culpables  los demás hombres débiles que no pudieron aguantar lo que los fuertes? ¿En qué es culpable el alma débil que carece  de fuerzas para reunir estos terribles dones? Pero es que Tú viniste francamente sólo por los selectos y para los selectos?[32]

Por amor al hombre el gran inquisidor confiesa haber cedido a la tercera tentación.  Ha corregido la obra de Dios gracias al poder terrenal.  Mediante el poder terrenal conseguirá dar la seguridad  física y de conciencia que  el ser humano necesita para alcanzar una vida apacible. El poder político será ahora el brujo que promete el milagro del paraíso en la tierra.

III

 

De nuevo lo lleva el diablo a un monte muy alto y le muestra todos los reinos del mundo con su gloria. Y le dijo: todo esto te daré si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Ponte de tras de mí Satanás: pues está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto (Dt. 6,13). Mt. 4, 9-10

 

El gran inquisidor pretende instaurar la felicidad en la tierra.   Confía que lo lograrán si, mediante el poder terrenal  consiguen  satisfacer las necesidades básicas ya mencionadas del ser humano:  primero, el pan; segundo, a quien adorar;  tercero, a quien confiar  la salud del alma y su conciencia. Se introduce luego  por primera vez la constatación de un anhelo al que también deberán satisfacer: el gran anhelo del ser humano de una fusión universal, para ello  montarán  una especie de gran hormiguero social.

 Si hubieras aceptado el mundo y la  púrpura del Cesar, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo.[33] 

Para Nicolás Berdiaev  fue el socialismo ateo, el que intentó alcanzar las conquistas anheladas por el gran inquisidor.[34]  El socialismo también aceptó las tres tentaciones que Jesús  había rechazado en el desierto y se presentó a sí mismo  como una nueva forma de religión.  Una critica  similar al socialismo fue la que desarrolló Vladimir Soloiov  en su obra El Anticristo[35]:  El Dios-hombre  fue sustituido por el hombre-dios, encarnado en la figura política  del comunismo  socialista.       

De este modo, sostiene en la misma obra Berdiaev, el adversario del cristianismo para Dostoievski, no ha sido  únicamente la Inquisición  del siglo XV,  sino también un movimiento que le era evidentemente más cercano: el socialismo que se gestaba en Rusia por aquella época. La clarividencia de Dostoievski sobre este acontecimiento histórico-político, ya había sido  plenamente demostrada  mediante otra de sus magistrales novelas: Los endemoniados, cuyo título no deja de  sugerirnos una interpretación teológica de los hechos socio-políticos que relata. 

        Miradas las cosas desde la perspectiva que nos da el siglo XXI, la utopía que presenta el gran inquisidor, no sólo buscó cumplirse en el socialismo ruso sino también en las sociedades  capitalistas occidentales.  En la siguiente descripción del proyecto social del gran inquisidor hay elementos, más que del terror de la época de Stalin,   de la utopía negativa  que describe  la novela  Un mundo feliz,  de A. Huxley :

“Nosotros les persuadiremos finalmente a no enorgullecerse, porque Tú los levantaste y así les enseñaste a enorgullecerse; les demostraremos que carecen de bríos; que son tan sólo niños dignos de lástima; pero que la felicidad infantil es la más gustosa de todas. (...) Se asombrarán de nosotros, nos tendrán miedo y se envanecerán al vernos tan poderosos y sabios, como para haber podido amansar un rebaño de miles de millones. (...) Sí nosotros les obligaremos a trabajar; pero en las horas de asueto ordenaremos su vida  como un juego de chicos con infantiles canciones, coros e inocentes bailes. ¡Oh los absolveremos de sus pecados; son débiles y sin bríos, y nos amarán como niños por consentirles pecar!

(...) Sólo nosotros seremos infelices (...) Pero yo entonces me levantaré y mostraré  los miles de millones de chicos que no conocieron el pecado. Y nosotros, los que cargamos con sus pecados por su desdicha, nos plantaremos delante de Ti y te diremos: <<Júzganos si puedes y te atreves>>”[36]

        ¿No resuena aquí acaso la misma tesis  que Guy Debord,  formulara críticamente en la década de 1950, sobre el papel del espectáculo en la sociedad capitalista? El espectáculo como  colonización del ocio por  el sistema de producción. ¿Y no ha considerado ya algún autor  al capitalismo, como el fin de la historia, como el punto de llegada de los esfuerzos del hombre para lograr el bienestar en la tierra, donde cada uno ocupa su puesto regido por leyes firmes en el gran hormiguero del mundo, donde ya no hay lugar para una verdadera novedad social, en definitiva, para la libertad? ¿Y no es ciertamente uno de los síntomas de la posmodernidad, el debilitamiento de la conciencia moral, la pérdida de la noción del límite, la confusión y contaminación de los valores? ¿No encarnan acaso los reality shows, exponentes tristemente típicos de la atmósfera axiológica de nuestra época, ese aire entre infantil, vulgar y perverso que impregna la descripción de la utopía social del Gran Inquisidor?       

El avance histórico de la utopía de la sociedad de consumo y entretenimiento,  se acerca más en los hechos que la que el gran inquisidor soñara en  la teoría, a la relevación del hombre  de  la pesada  y angustiosa carga de la libertad. Las inflexibles leyes no escritas de la globalización, la competencia, el estilo de  vida cotidiana marcado por la velocidad y la extroversión, permiten un margen tan  reducido a la vida interior, a la opción y a la  creatividad que verdaderamente el hombre se  ha visto liberado de la libertad.  Puede llegar a ganar el pan y  mediante la distracción universal, conseguir en la dispersión del sujeto, acabar con su necesidad de adoración y de tranquilidad de conciencia.

El ser humano gravita insensiblemente hacia  el abaratamiento de la vida. Lo atraviesa un gran cansancio tras la confirmación  histórica de su impotencia. Las exigencias del cristianismo son una burla a la  pequeñez de su naturaleza.

 “Has de saber que yo también estuve en el desierto y me sustenté de saltamontes y raíces; que también yo bendije la libertad que Tú habías concedido a los hombres y me apercibí de ser del número de los elegidos (....) Pero recapacité y no quise servir a un absurdo. Me volví atrás  y me incorporé a la muchedumbre de aquellos que <<han corregido tu obra>> (...) Si alguno mereció nuestra hoguera ese eres Tú. Mañana te quemo. Dixi”[37]

La presencia de Cristo nuevamente en la historia,  significa el cara a cara del hombre   con su miseria, el final de juego,  la guerra interior, la tortura de la libertad.

 

IV

 

“¿Qué es el hombre para darle importancia,

                para que pongas en él tu interés,  

para que lo inspecciones cada mañana

y a cada instante lo pongas a prueba?

¿Dejarás alguna vez de mirarme?

¿Me darás tiempo a tragar saliva?”  

(Jb, 17-19)

 

-         “¿Cómo termina tu poema? Inquirió (Alíoscha) de pronto mirando al suelo- ¿O es que ya se acabó?

-         Quería terminarlo de este modo: al callarse el inquisidor, quédase un rato aguardando que su Preso le conteste. Se le hace duro el silencio. Vio cómo el cautivo lo escuchaba todo el tiempo, mirándole francamente a los ojos con los suyos mansos, con visible intención de no objetarle. El anciano querría que le dijese algo por terrible y amargo que fuese. Pero El,  de pronto, en silencio, llegóse al anciano y dulcemente va y lo besa en sus exangües nonagenarios labios. He ahí toda su respuesta. El anciano se estremece. Algo se remueve en las comisuras de sus labios; dirígese a la puerta, ábrela y le dice: <<¡Vete y no vengas más!... ¡No vuelvas por acá!...¡Nunca, nunca!>> Y lo suelta en la oscura, cálida ciudad. El Preso sale.

-         ¿Y el anciano?

-         Aquel  beso le quema el corazón, pero sigue aferrado a su anterior idea.

-         Y tú con él, ¿tú también? –exclamó Alíoscha  con dolor.”[38]

 

 

* * *

Aquel beso le quema el corazón. El beso de Jesús despierta algo que permanecía dormido en el gran inquisidor. Lo suficiente para dejarlo ir,  para perdonarle la vida, pero no para cambiar su idea.

Aquí comienza a vislumbrarse con mayor claridad la relación tantas veces mencionada  entre el misterio del Gólgota y el misterio de la libertad [39]. El hombre sólo puede ser libre frente a un Dios impotente, frente a un Dios que no se le imponga por la fuerza. La pretensión de violentar la conciencia, traiciona una verdad fundamental del cristianismo.

Cristo simplemente besa al inquisidor, y este reacciona a favor de la vida.  Se hace mínimamente vulnerable al bien, le quema el corazón y aunque siga aferrado a su idea, deja marchar a Jesús, no insiste en su intención de enviarlo a la hoguera al  día siguiente. El verdadero poder tuvo un pequeño triunfo sobre el falso, en el  triunfo de la vida. Por aquí comienza a colarse la luz que  inundará la atmósfera del próximo libro.

 

 

Un monje ruso  

“A la conciencia le sería absolutamente

imposible desesperarse por el gris agobiante

si no guardase el concepto de un color distinto,

cuya huella dispersa no falta en la totalidad negativa.”[40]

T.W.Adorno

 

Ivan  razona a partir de un pathos inicial  que depende  de su experiencia del mal y del sufrimiento y lo  impulsa a una  demanda  indignada de justicia. Pero  el corazón del hombre, a veces por fortuna, encierra grandes contradicciones. Ivan se inscribe sin fisuras en la reflexión de Adorno con la que encabezamos esta parte de nuestro estudio. Dice por ejemplo en un momento del relato, a Alíoscha:

“¿habría en el mundo una desesperación capaz de vencer en mi esa loca y puede que hasta indecente sed de vida? Y decidí que por lo visto no la había (...) Quiero vivir y vivo aunque me exponga a los reproches de la lógica. No creeré en el buen orden de las cosas; pero me son queridas las hojitas que se abren jugosas en primavera; querido el cielo azul; querido, ese hombre al que a veces no sabes por qué lo quieres.”[41]

Ivan es también capaz  de  un pathos distinto, resultante de su experiencia  de otra dimensión de la vida por la que entra en contacto con lo maravilloso. Dice  un poco más adelante: 

“Aquí no se trata de inteligencia ni de  la lógica: aquí con lo más íntimo, con las entrañas amas; tus primeras fuerzas juveniles amas. ¿Comprendes algo de mi arenga, Alíoscha? –e Ivan se echo a reír de pronto.

-         (...) –exclamó Alíoscha- Yo creo que todos estamos obligados a amar, ante todo, la vida.

-         ¿A amar la vida más que a su sentido?

-         Irremisiblemente  así; a amarla más que a la lógica; sólo entonces comprenderé su sentido.” [42]

 

                                                                                            “Sólo amando la vida se puede aprehender su sentido.”

Alíoscha

Por lo tanto es posible un itinerario que nos lleve de un pathos  al otro. El camino  propiamente humano, de entrar  en la perspectiva  de la fe, no pasa a través del escudo protector y poderoso del milagro, como afirmara el gran inquisidor, sino  de   la vulnerabilidad  al bien y la belleza,  propia de la naturaleza humana.

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